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lunes, 12 de julio de 2010

Hambre con M de maíz




La casa no tiene piso y simplemente es el suelo lleno de polvo y de tierra apisonada, sus paredes son de bahareque y el techo tiene láminas, tejas y ciertos pedazos de palma. Aquí viven 8 personas: los dos padres y 6 hijos. Esta pequeña habitación está frente al arenal del río Las Cañas, de donde diariamente la familia extrae arena para venderla a los comerciantes que se la compran al final del día.

La madre, Hortensia, tiene 35 años, y el padre, Rentería, tiene 62 años. Y con una familia de 6 hijos, necesitan todos los días de toda la confianza en el Dios que los consuela, en extraer la mayor cantidad de arena y en resolver día a día, el insuperable reto de comer diariamente. Rentería ya no se acuerda de la última vez que tuvo trabajo, porque cuando se enamoró de la Hortensia, todavía era albañil, y estaba terminando un enladrillado en una residencia de la colonia San Francisco. Se acuerda muy bien, eso sí, de la tarde en la que se encontró por primera vez con la Hortensia. El salió a botar ripio en los momentos en que la muchacha de 20 años acomodaba la basura de la casa en la que trabajaba, y algo se dijeron al mirarse, porque de ahí salió el acuerdo para que un hombre mayor y una mujer menor que él se pusieran de acuerdo para enfrentar la vida juntos. De eso hace 15 años. Y todo esto se agolpa en la memoria de Rentería cuando a la hora de cenar se da cuenta que se han acabado las últimas tortillas, los últimos frijoles y los últimos granos de sal. Y no sabe todavía qué es lo que comerá al día siguiente.

Su hija mayor, Genoveva de casi 15 años ha empezado a trabajar de mesera en un restaurante de la Carretera de Oro, y algo va a ganar, pero el problema angustiante para la familia es el de todos los días, porque no saben, ni los padres ni los hijos, que es lo que van a comer al día siguiente. No es la primera vez que les ocurre porque la familia nunca ha tenido reservas, ni de alimentos, ni de dinero, ni de ropa ni de trabajo. Y todos los días completan el milagro de sobrevivir, y las dos última noches, los 3 hijos mayores se han dormido sin cenar, y Hortensia solo pudo almorzar un elote recién cocido. El padre no sabe qué pasará el día de mañana.

De cualquier manera, a las 10 de la mañana de este día, trabajadores del MAG le entregaron a Rentería un saco de semilla mejorada con la advertencia de que el grano es para sembrar, que no es comestible y es para ser la milpa. En años anteriores, el padre de familia ha hecho eso, ha sembrado maíz, ha hecho su milpa y la ha cosechado. Pero este año no tiene como pagar el arrendamiento y sabe que no podrá hacer milpa, y sabe que no tiene maíz, y sabe que no tiene comida para el día siguiente, y sabe que 5 de sus hijos deberán comer, porque la mayor sale desde muy temprano a su trabajo, y regresa ya entrada la noche.

Los amaneceres son luminosos en estos caseríos de Soyapango y el sol se instala de golpe sobre los arenales, mientras los pájaros desamarran su canto en la arboleda que rodea las pequeñas casas y llena de verde los barrancos.

Rentería ha pasado la noche obsesionado con el saco de maíz mejorado que le dejaron los trabajadores del MAG. Ni él ni Hortensia saben leer, para entender las indicaciones escritas en el saco. Pero en su corazón repiquetea, como tenaz pájaro carpintero, la ausencia de tortillas, la ausencia de maíz y la presencia del hambre en sus hijos.

Lentamente, como gusano insistente, va caminando en su cabeza la decisión de comerse el maíz envenenado, confiando en que no pasará nada esta vez. Se levanta muy temprano y mira largamente el arenal, el hombre sin camisa, sin zapatos, y con unos pantalones sostenidos por un cordel amarillo, está solo frente al mundo, no tiene en su bolsillo ni un centavo de dólar, y en su casa no hay ni un tan solo grano de sal. Por primera vez, Rentería llora en silencio, mira al cielo angustiado y sus lágrimas corren oscuras al inundar la tierra que cubre su rostro, parece buscar una señal o una respuesta en el espacio infinito. Su mujer lo acompaña en el llanto, en la angustia y en la soledad.

Rentería decide que los peligrosos granos de maíz sean cocinados para hacer las tortillas que tanta falta hacen. Ambos padres saben que caminan en el filo de una navaja pero deciden que todos comerán la misma comida y todos estarán amenazados y en las manos del destino. Más bien se trata de una manera de resolver una angustia sin fin con un fin angustioso.

Todo parece normal y las milagrosas tortillas aparecen. Alguien, de algún modo y de algún lugar, les hace llegar el milagro de los frijoles, todos almuerzan. Rentería come con los ojos cerrados, sin mirar a sus hijos. Estos hablan y comen, cuentan chistes y comen, se pelean entre sí y comen. La madre llora y come también, mientras un rayo de sol se cuela por un orificio del techo e ilumina la escena.

Dos horas después, dos de los hijos están tumbados en el suelo, los otros dos parecen dormir en sus camas, y el menor, sin camisa, sin zapatos, solo con un pequeño pantalón, duerme abrazado a su madre que también parece dormir un sueño intranquilo; mientras Rentería, de pie, en la puerta, se derrumba como árbol tronchado por un huracán. El poderoso plaguicida de las semillas ha intoxicado a toda la familia, y el rito de la vida amenazada por el hambre, se junta, una vez más, con la danza de la muerte asegurada.

Los diarios hablarán de una familia envenenada por comer semilla mejorada, informarán de la muerte de dos de los hijos y de la agonía de un tercero; mientras los banqueros anuncian problemas en sus carteras morosas, se asegura que la economía del país crecerá y se inaugura un nuevo edificio para negocios y oficinas. El Presidente de la República corta la cinta.

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